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El viejo verde
Los viejos verdes que están tiesos suelen tener los mismos gustos que los que están forrados, pero se delatan cuando en su vano intento por parecer adinerados –no hay otro reclamo para cazar jóvenes– fracasan estrepitosamente. Tanto los pobres como los ricos se tiñen el pelo, y ambos lo hacen a brochazos y con colores falsísimos, como si en el fondo desearan que la gente supiera que son incapaces de sobrellevar dignamente su edad.
Peligrosidad: Media.
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El musculoso
Nadie sabe muy bien a qué van a la playa porque siempre están bronceados, pero hay estudios que sugieren que su objetivo no es otro que exhibirse y concitar la atención de los cuerpos lechosos y mórbidos condenados de por vida al helado, la horchata y las patatas fritas. Es irrelevante si desean a una mujer o un hombre porque ellos jamás se enamoran de otras personas que no sean ellos mismos. Se depilan, lucen rosarios al cuello y visten bañadores a ras de ingle.
Peligrosidad: Baja.
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El playboy de medio pelo
En los arenales se comportan como si estuvieran en su propio cortijo: lanzan piropos que ya eran viejos cuando se inventaron, dan la brasa a las socorristas y siempre aceptan los ofrecimientos de las masajistas colegiadas de origen chino. No tienen gracia ni talento, y su manera de llamar la atención es hablar por teléfono a voces o reproducir en modo altavoz las canciones infames que alberga su Huawei.
La mayoría luce tatuajes que han envejecido de forma lamentable y que ahora son sólo borrones. Alcanzan su máximo apogeo a mediodía, cuando el efecto de las cervezas se multiplica por el sofocante calor y el solazo de justicia.
Peligrosidad: Alta.
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El surfista
El surfista de palo es un híbrido entre el musculoso y el playboy, y su éxito en el arte del cortejo está garantizado. Es un rival duro de pelar.
Peligrosidad: Media.
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El voyeur
El sexo es su gran caballo de batalla. Hay veces en las que permanecen apostados en el pretil de la playa –yertos, inmóviles, como estatuas de sal– y otras veces caminan con sigilo entre las toallas. Sólo miran, aunque a veces también sacan fotos. Observan, analizan y procesan las imágenes que recogen parapetados tras sus gafas de sol para archivarlas en su memoria onanista.
En el pasado algunos se han extralimitado en el uso de sus funciones y han caído en el vicio de la exhibición o la galantería mal entendida –"¡Eres una puerca y voy a merendarte!"–. De ahí su mala fama. El mejor desprecio es no hacer aprecio. Ignóralos.
Peligrosidad: Nula.
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El pasajero dominguero
Volar hoy cuesta tan poco dinero que los aeropuertos se han convertido en las nuevas estaciones de autobús –lo mismo ocurre con los emails, los wasaps y las llamadas de teléfono, que si fueran de pago ahorraríamos mucho tiempo y tonterías–. La idea suena asquerosamente esnob, pero la nostalgia de un tiempo pretérito en el que la gente fumaba, bebía y sabía comportarse a 11.000 metros de altura nos pone muy tiernos.
